martes, 30 de agosto de 2022

Alianzas para retroceder


       El ser humano es un ser social por excelencia. El doctrinario antiguo o medieval coincidió en la idea de la sociabilidad natural del hombre, y a pesar de opiniones contrarias expuestas por grandes pensadores como Hobbes y Rousseau, el pensamiento sociológico actual defiende la idea de que el hombre es un ser sociable, “un animal político”, y según Aristóteles: “El que puede bastarse a sí mismo y no necesita vivir en sociedad, no participa de la naturaleza humana: es una bestia o es un Dios”. 

       Partiendo de la anterior premisa, para que el hombre viva en sociedad es necesario que existan reglas de convivencia, normas regulatorias que marquen límite a las acciones de unos y otros; ello impone un marco de desempeño donde los órganos reguladores (en este caso el Estado), mediante el ejercicio administrativo tiene la función de hacer factible esa inter-relación. Surge la necesidad de la asistencia mutua; ninguna persona por si sola es capaz de producir alimentos y medicamentos, bienes y servicios, sistemas sanitarios entre otros, por lo que requiere de la acción de muchos en áreas específicas del conocimiento, también con cuentas claras que hagan de este accionar una posibilidad cierta (reglas de la economía). 

       La sumatoria de necesidades (seguridad y defensa ante la naturaleza, alimentación, movilización, reproducción y mantenimiento de la especie) se satisfacen de manera recíproca con la organización tribal, la cual evoluciona hacia la “Polis” (ciudad), la cual puede ser percibida desde variados puntos de vista, (he allí la importancia del libre albedrío), de lo eidético a lo factico, “eidolas” o “ideas y fenómenos” en Platón o “Factibilidades de las partículas” en las manifestaciones de Leucipo. Con respecto a lo fenomenológico Platón mantuvo una actitud consecuente con tales principios hasta el final de su vida a los 80 años de edad. Para él, el ciudadano sólo podía serlo en la ciudad (polis), fuera de ella sólo podían existir los dioses y las bestias. En esta actitud filosófica estaba contenida la idea de obediencia de la ley de la ciudad, independientemente que fuese favorable o no. De esta forma, la felicidad se lograría en este mundo.  

       Con el surgimiento de las naciones se manifiestan de manera tangible las coincidencias y diferencias; la unas llevan a la conformación de alianzas y las otras a conflagraciones terribles y sin sentido, donde el hombre demuestra lo más aventajado de su inteligencia para crear instrumentos destructivos, a la par de los más primitivos sentimientos de bestialidad en la intención de la dominación e imposición de sus ideas sobre los demás. La finalización de la segunda guerra mundial fue una dolorosa puerta para la creación de una modalidad de consenso, con instituciones multilaterales no solo para la defensa, sino para la educación, la salud y el respeto a los Derechos Individuales y Colectivos. Sin ser la panacea, cada institución conforma un freno a los excesos, y una oportunidad cierta para el desarrollo de políticas en salud seguras y sustentables ante los avances de noxas a la integridad: por daños climáticos, mutaciones de virus y bacterias bajo control y en procesos de experimentación. 

       Algunos estados escapando a la mirada escrutadora de la humanidad a los desmanes; aberraciones en la aplicación de “justicialismo” para el control de sus ciudadanos, so pretexto de construir “lo mejor” para una población que “no sabe cuánto le conviene”, deciden apartarse de esas alianzas necesarias (para oscurecer la realidad o para crear otras a conveniencia), subyugando a sus conciudadanos, llevándolos a prácticas ancestrales a las cuales la experiencia antropológica les niega la razón; milenios de ensayos que no lograron extender el promedio de vida más allá de los treinta y nueve (39) años, por la alta tasa de morbi-mortalidad infantil, la mortalidad materna y las causas relacionadas con factores carenciales, enfermedades infecto-contagiosas e hídricas entre otras. Ese peligro lo vive América latina cuando en los últimos años, deciden los gobernantes de turno establecer relaciones Psico-morbosas con sistemas de producción anclados, aislados del sano escrutinio técnico de los procesos de investigación, y de generación de productos biológicos para el tratamiento de patologías comunes. 

       The Food and Drud Administration (FDA), (en español: Administración de Alimentos y Drogas), órgano perteneciente a la Organización Mundial de la Salud, que tiene su sede en los Estados Unidos, ha llevado un adecuado control en las prácticas investigativas, altamente exigente en la demostración del principio “primun non nocere” (lo primero es no hacer daño), escudriñando los métodos y formas aplicada por los distintos laboratorios al momento de poner un producto en el mercado para uso humano. Algunos países como Corea del Norte, Rusia, Cuba, India y China entre otros, (este último país no reconoce el derecho de propiedad intelectual), hace decenas de años se apartaron de este sistema de control, por lo que sus productos son colocados en condición de riesgo en los mercados internacionales. 

       Se deja de ser ciudadanos del mundo civilizado, cuando en un esquema de economía motivacional un gobierno establece alianzas con  empresas y estados (no importa la nacionalidad de su capital); restringidos para colocar productos biológicos en mercados europeos y americanos por no cumplir con las normas mínimas de seguridad, así como no poder demostrar respeto a los principios bioéticos en la producción de productos biológicos para uso humano. 

 



A César lo que es de César


       La política no solo es el arte de gobernar, o la ciencia que se encarga del estudio del Estado como fenómeno social concreto; comporta además el raciocinio de gobernados y gobernantes en un juego dinámico, una rueda de interacción donde se alcance una adecuada convivencia entre los derechos y obligaciones de unos y la competencia, responsabilidad y ejecutorias adecuadas, oportunas, efectivas y eficientes de los otros.

       El sistema administrativo venezolano, después de múltiples ensayos; muchas veces truncos en sus intenciones de lograr el “mayor nivel de felicidad posible de la ciudadanía”, ha concluido en la constitución de 1.999, en que la mejor forma de democracia no era el sistema representativo, sino un modelo participativo, en cuyo principal referente se impone un enfoque “federal, descentralizado, de igualdad y de justicia social””.

       Desde el punto de vista filosófico y doctrinario, (usando una expresión popular), la propuesta es como el cochino frito: huele bien y sabe bien. En la práctica quienes preparan la “fritanga”, por desconocimiento, por impericia o por simple mala fe, pueden dejarla a media cocción con consecuencias nefastas para la salud del consumidor; en este caso para la paz, la armonía en el desarrollo necesario y sostenible de cada región, cada grupo social, étnico, profesional, productivo etc., en una nación de gran diversidad tanto en las costumbres como en los medios de producción en las que se sustentan.

       No se puede negar la capacidad de adaptación del ser humano a los retos, en nuestros llanos se dice “el llanero es del tamaño del compromiso”; como estímulo al ego ello es válido; no obstante, el desempeño en la función administrativa no admite improvisaciones, aprendizajes sobre la marcha o ensayos de técnicas aplicadas en lugares diferentes, en condiciones diferentes, ambientes e idiosincrasia también variables de un estado o municipio a otro. Una práctica en la administración venezolana, desde el inicio mismo de nuestra era republicana es importación de amigos, subordinados fieles o simplemente aduladores “confiables” para ejercer la gerencia en Estados o poblaciones de cuya existencia solo tenían referencias, o de cuyo conocimiento solo les anteceden cuentos o leyendas.

       En tiempos de la llamada “pacificación” de Juan Vicente Gómez, tal vez la referida práctica cumplió un objetivo plausible en la unificación territorial, el sosiego rural y la integración nacional que permitió dar pasos agigantados en la construcción del Estado moderno, con todo y sus fallas en una incipiente diversificación de la economía. Con el inicio de la primera democracia instituida por Medina Angarita, el ensayo fallido de 1.945 y la segunda democracia surgida con el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez,  se justificó el envío de funcionarios a lugares inhóspitos, personal valioso en su momento para la construcción de acueductos, escuelas, hospitales y sobre todo para universalizar la alfabetización y la formación académica de apartadas regiones; labor a la que la historia debe un lugar indiscutible a Luis Beltrán Prieto Figueroa, Mario Briceño Iragorry, Arturo Uslar Pietri y tantos otros visionarios a quienes se debe la producción de profesionales proveniente de todos los niveles sociales y económicos de la nación, producto intelectual que nuestro país erigió como bandera visible ante el mundo con orgullo venezolano. 

       Hoy día con el avance de la tecnología, aún con las restricciones que puedan tener los servidores de servicios de comunicación, cada región de nuestra nación está en capacidad de gestionar sus sistemas de producción; sopesar sus necesidades y gerenciar sus recursos, con el fin último de garantizar a su estado, sus municipios y parroquias (como consagra nuestra constitución la división territorial), y cada uno de los ciudadanos un nivel adecuado de bienestar, una oportunidad de crecimiento personal y el empoderamiento de los recursos y técnicas existentes para un desarrollo sustentable y sostenible de sus lugares de asentamiento.

       Uno de los grandes daños que se hizo a los estados con la imposición de operadores políticos foráneos (sin excepción de colores políticos), fue la destrucción de la incipiente descentralización iniciada en 1.989, con el regreso de competencias a los entes de administración central. Insistimos en que tal vez no hubo mala fe, sino desconocimiento, falta de confianza en su propio entorno político o simple adulación; han dejado desguarnecidas a la regiones, para luego tener que tender la mano como mendigos para solicitar recursos que son de las regiones, que son producidos por quienes generan con su trabajo los dineros con los que se sufragan los gastos a veces necesarios, otras no tanto.

       Es hora que se vuelva a la institucionalidad, que el parlamento retome las competencias que le asigna la constitución, que la Ley anual de Presupuesto  cumpla con las normas para creación de leyes, a la par que ejerza su misión contralora; y sobre todo que los parlamentarios de cada región cumplan el rol de defender los intereses genuinos de sus coterráneos.