sábado, 29 de octubre de 2022

No solo el Rey está desembrujado

 

Pedro Arcila Poyer

 

       El poeta y pintor Yibrán Jalil Yibrán, conocido en el mundo de las letras como Khalil Gibran o “el poeta del exilio”, nacido en Bisharri, Líbano en enero de 1.883 y fallecido en Nueva York 1.934, se destacó en el género literario lírico y dramático del romanticismo tardío. En su trabajo titulado “El Loco”, publicado en 1.918; relata la historia de un gobernante (Rey o Sultán) muy querido por su pueblo; sin embargo, como suele suceder también tenía adversarios y mal querientes –enemigos para el autor -. Entre ellos una “bruja”, -que bien pudo haber sido una “opositora apátrida y pitiyanki” -. Un buen día la enemiga, (que al parecer no solo detestaba al gobernante, además no quería a sus seguidores); preparó un brebaje y acompañándolo de un conjuro lo vertió en el río que surtía de agua potable a la población; (verbigracia el Guaire o el Manzanares en otros tiempos), al tiempo que recitaba “todo aquel que beba de este río loco se ha de volver”.

       Al día siguiente la población estaba totalmente enajenada; cuál diría Demócrito “era gente feliz”; sin embargo, el Rey y su corte –como suele suceder en la fantasía -, no utilizaban para su consumo el agua del río, para ellos se disponía de una fuente ubicada en los jardines del palacio de gobierno. Los “patriotas cooperantes” alertaron al monarca, a través del visir o jefe de gobierno; y este (un hombre reflexivo) le hizo entender que podría perder el mando si no se parecía al “pueblo”, por tanto era recomendable que también bebiera agua del río, consejo que siguió el susodicho y a la mañana siguiente la población amaneció celebrando que “el Rey había recobrado la razón”.

       Con el encuentro de las civilizaciones euroasiáticas y amerindias es posible que se haya colado alguno que otro “hechicero”; porque el conjuro traído se extiende por todo el continente americano. Las aguas fueron “embarbascadas” y por generaciones se ha entronizado un embrujo (o extraña maldición), que afecta a quienes asumen una función de poder sin importar si la lengua es castellana, portuguesa o “patuá”; la convicción generalizada es el que la administración es una finca familiar o partidaria, y los gobiernos no cumplen un rol de manejo pulcro de la cosa pública, sino de ejercicio discrecional al que se debe agradecer por los “favores concedidos”. Los bienes de naciones, provincias y hasta municipalidades soportan gastos onerosos de promoción de los funcionarios, por tanto no resulta extraño que la mínima gestión está  presupuestada con una carga de publicidad, en la cual una parte de la inversión es para poner en relieve el rostro y el nombre del funcionario y no de la institución.

       Los bienes materiales del estado, y hasta los humildes trabajadores de alcaldías, gobernaciones y ejecutivo nacional, son carteles fijos o andantes que llevan el sello del “amo” de la “finca” grabados como símbolos de “propiedad” del funcionario de turno. Al menos algunos parlamentos hacen intentos desesperados por rescatar el pundonor y el decoro; no obstante en esa rueda de la fortuna muchas veces quienes tienen la obligación de contraloría hacen mutis por sus compromisos con el pasado, o pensando en volver a ocupar los cargos ahora en manos de contrarios políticos, pero con las mismas costumbres y patrones de comportamiento.

       Pocos escapan de la tentación, al punto que muchos de quienes pretenden sustituir el estado actual de las cosas, consideran que gobernar significa una repartición equitativa entre los actores, que arriman voluntades “al mingo”, con “repartición de la torta en porciones aunque sean pequeñas para darse por servidos” (literalmente así lo hemos escuchado con estupor). A diferencia del cuento del poeta libanes, en América una amplia franja de la población no tomó agua del río “embrujado”; no porque sean distintos o vivan con beneficios palaciegos, más bien por tener una visión diferente y un compromiso moral que proviene de sus propias convicciones y son patrimonio inexpugnable de la tradición familiar. Afortunadamente esta porción de libre pensadores desembrujados se cuentan por miles, y son los llamados a encender una luz de reflexión para alumbrarse y alumbrar a las nuevas generaciones.

Pedroarcila13@gmail.com

      

      

 

 

jueves, 27 de octubre de 2022

José Gregorio y el Milagro de la Razón

José Gregorio y el Milagro de la Razón

Por: Pedro Arcila Poyer

 

       Desde la antigüedad existe una diatriba, que pone de manifiesto el dilema de una supuesta confrontación entre el idealismo y el materialismo histórico. Horas dedicadas a la discusión al parecer estéril, no obstante, de su desarrollo se han obtenido grandes aportes para la interpretación de nuestra evolución como seres pensantes. Por un lado, los principios fácticos de la ciencia de cuyos postulados hoy pretenden adueñarse los llamados “iluminatis”, se atribuye a los fieles creyentes del universo como “conjunto de partículas” de donde se genera las teorías atomistas y sedimentan la corriente escéptica en el  mundo griego, representada por Leucipo, Demócrito, Epicuro y Aristarco junto con el pitagorismo. En contraposición se revela en animismo por las metafísicas de Platón y Aristóteles. Esas metafísicas, una vez unidas al cristianismo, condimentaron una animadversión, tendiente a la hostilidad, contra el mundo físico, unido ello a la creencia de que las Sagradas Escrituras contenían revelaciones que explicaban por si solas la única verdad sobre la naturaleza humana, y con ello se descartaba cualquier otra opinión.

       Es en el renacimiento bajo el intelecto de Galileo —re-nacimiento que se extiende hasta Newton, Darwin, Einstein, Plank, Hawking— lo que permitió salir del paradigma ptolemaico, unido a la metafísica de Aristóteles, y así abrir el camino de nuevas teorías y descubrimientos. Todo ello era mirado con sospecha por la iglesia, aunque  a veces tenía que aceptarlo a regañadientes. Galileo no fue el único caso: con Darwin hubo el mismo problema y hasta hoy los literalistas bíblicos se niegan a aceptarlo.

       Para nuestro apartado mundo sudamericano, la polémica del pensamiento se asumía como acciones partidarias, conducente casi hasta el fanatismo. Teorías naturalista defendidas en Europa por Saint- Hilaire por una parte y Lamarck por la otra, encontraron ecos en Venezuela en un ambiente sin equipos de televisión, y la inexistencia de la radiodifusión en dos gigantes del emprendimiento científico nacional como fueron Luis Razetti y José Gregorio Hernández. Las convicciones religiosas de Hernández Cisneros le ubicaban en el territorio del creacionismo, contrapuesto al evolucionismo defendido por Razetti.

       ¿Quién pensaría que alguno de los dos podría ceder en sus convicciones?  Ambos médicos generadores de los primeros milagros documentados sin fanatismo o tendencia religiosa, tienen un sitial de honor en la historia de nuestra medicina moderna hoy “arreada” por la improvisación, el desconocimiento y la ignorancia hacia el oscurantismo y la involución. El padre Arturo Sosa destaca con respecto a José Gregorio Hernández, que por encima del carácter de médico milagrero en el que se centra la creencia popular, fue un hombre que "batalló por hacer ciencia en las condiciones poco propicias" de la Venezuela de su tiempo.

       El milagro de construir un sistema de atención humano, de ser receptor de un niño que viene a la vida, y acompañar al moribundo en su lecho final calmando el dolor y la angustia; además consolando a los deudos, tiene el sello espiritual de un alma noble; esos seres son a quienes la posteridad les lega un eterno agradecimiento. Muchos de los enfermos que ayer y hoy invocan al Dr. Hernández Cisneros con la esperanza de que les libre de sus males, no han leído sus trabajos sobre Anatomía normal y Patológica, ni Histología o fisiología, pero eso no merma un ápice su fe en él.

       Unido a su vocación humanitaria, en José Gregorio Hernández privó el amor por el estudio, quizás una prueba más a su fe católica y cristiana: nada más peligroso para el fanatismo que el conocimiento y en esa búsqueda permanente crear sus propias teorías; así surge el segundo milagro reconocer que el otro tiene razón, ello se desprende de su libro “Elementos de la Filosofía”, en cuyas páginas escribe casi en voz baja, “aunque Dios creó al hombre, este luego evolucionó".

       El próximo miércoles 26 de octubre, se cumplen 158 años del nacimiento de ese genio hecho hombre, como hombre hecho médico y como médico hoy es ícono de la integración de lo factico con lo eidético; el materialismo con el animismo y sobre todo la razón con el entendimiento. En días de tanta polarización y en oportunidad de un nuevo cumpleaños del Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, es propicio para hacer un alto, tal como en su diatriba con Luis Razetti y aunque sea en voz baja reconocer que los dos tenemos razón.

Pedroarcila13@gmail.com