Pedro Arcila Poyer
El poeta y pintor Yibrán Jalil Yibrán,
conocido en el mundo de las letras como Khalil Gibran o “el poeta del exilio”, nacido
en Bisharri, Líbano en enero de 1.883 y fallecido en Nueva York 1.934, se
destacó en el género literario lírico y dramático del romanticismo tardío. En
su trabajo titulado “El Loco”, publicado en 1.918; relata la historia de un
gobernante (Rey o Sultán) muy querido por su pueblo; sin embargo, como suele
suceder también tenía adversarios y mal querientes –enemigos para el autor -.
Entre ellos una “bruja”, -que bien pudo haber sido una “opositora apátrida y
pitiyanki” -. Un buen día la enemiga, (que al parecer no solo detestaba al
gobernante, además no quería a sus seguidores); preparó un brebaje y
acompañándolo de un conjuro lo vertió en el río que surtía de agua potable a la
población; (verbigracia el Guaire o el Manzanares en otros tiempos), al tiempo
que recitaba “todo aquel que beba de este río loco se ha de volver”.
Al día siguiente la población estaba
totalmente enajenada; cuál diría Demócrito “era gente feliz”; sin embargo, el
Rey y su corte –como suele suceder en la fantasía -, no utilizaban para su
consumo el agua del río, para ellos se disponía de una fuente ubicada en los
jardines del palacio de gobierno. Los “patriotas cooperantes” alertaron al
monarca, a través del visir o jefe de gobierno; y este (un hombre reflexivo) le
hizo entender que podría perder el mando si no se parecía al “pueblo”, por
tanto era recomendable que también bebiera agua del río, consejo que siguió el susodicho
y a la mañana siguiente la población amaneció celebrando que “el Rey había
recobrado la razón”.
Con el encuentro de las civilizaciones
euroasiáticas y amerindias es posible que se haya colado alguno que otro
“hechicero”; porque el conjuro traído se extiende por todo el continente
americano. Las aguas fueron “embarbascadas” y por generaciones se ha
entronizado un embrujo (o extraña maldición), que afecta a quienes asumen una
función de poder sin importar si la lengua es castellana, portuguesa o “patuá”;
la convicción generalizada es el que la administración es una finca familiar o
partidaria, y los gobiernos no cumplen un rol de manejo pulcro de la cosa
pública, sino de ejercicio discrecional al que se debe agradecer por los
“favores concedidos”. Los bienes de naciones, provincias y hasta
municipalidades soportan gastos onerosos de promoción de los funcionarios, por
tanto no resulta extraño que la mínima gestión está presupuestada con una carga de publicidad, en
la cual una parte de la inversión es para poner en relieve el rostro y el
nombre del funcionario y no de la institución.
Los bienes materiales del estado, y
hasta los humildes trabajadores de alcaldías, gobernaciones y ejecutivo
nacional, son carteles fijos o andantes que llevan el sello del “amo” de la
“finca” grabados como símbolos de “propiedad” del funcionario de turno. Al
menos algunos parlamentos hacen intentos desesperados por rescatar el pundonor
y el decoro; no obstante en esa rueda de la fortuna muchas veces quienes tienen
la obligación de contraloría hacen mutis por sus compromisos con el pasado, o
pensando en volver a ocupar los cargos ahora en manos de contrarios políticos,
pero con las mismas costumbres y patrones de comportamiento.
Pocos escapan de la tentación, al punto
que muchos de quienes pretenden sustituir el estado actual de las cosas,
consideran que gobernar significa una repartición equitativa entre los actores,
que arriman voluntades “al mingo”, con “repartición de la torta en porciones
aunque sean pequeñas para darse por servidos” (literalmente así lo hemos
escuchado con estupor). A diferencia del cuento del poeta libanes, en América
una amplia franja de la población no tomó agua del río “embrujado”; no porque
sean distintos o vivan con beneficios palaciegos, más bien por tener una visión
diferente y un compromiso moral que proviene de sus propias convicciones y son
patrimonio inexpugnable de la tradición familiar. Afortunadamente esta porción
de libre pensadores desembrujados se cuentan por miles, y son los llamados a
encender una luz de reflexión para alumbrarse y alumbrar a las nuevas
generaciones.
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